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Beto de Volder 2026

Luego de casi 20 años, Beto de Volder vuelve a exhibir sus obras en la galería Palatina. La muestra está compuesta por siete pinturas sobre tela, dibujos sobre papel y sus característicos calados en MDF, pintados con acrílico.

Esta exposición es la continuidad de una búsqueda de más de 30 años que surge a partir del uso de elementos cuasi geométricos. Dicho camino nació con el objetivo de alejarse de todo tipo de relación figurativa e involucrarse con formas más puras. En la obra de De Volder no hay un espíritu reconocible; simplemente figuras abstractas con cierta geometría, que distan de ser cerradas. Son más bien libres y siempre indefectiblemente, aparece la curva.

Fotos de sala

La disciplina del firulete o la sofisticación de lo espontáneo. 
 

Pienso, ya que vinieron hasta acá, porque no leer el papel con el texto se supone clasifique, etiquete o explique lo que están por ver o lo que ya vieron y caigan en un vicio llamado búsqueda de sentido. Un texto igual a casi todos los que ciertas veces, intentan lucir más la sapiencia de su autor que la obra del artista que exhibe.  En general, una obviedad que termina en un total aburrimiento. Intentaré que hoy no sea el caso.

 La obra de Beto habla por sí sola, juega con el orden, lo desarma, lo acomoda y lo abandona. Nacida de ese “vientito” huella o estela que los personajes del cómic dejan al correr, nos habla de cómo miramos, convirtiendo la línea en una forma de pensamiento. 

No hay nada que entender, es lo que es, solo hay que mirar y resistir el silencio libre de explicación. Una maraña deliberadamente ordenada que nos invita a utilizar recursos propios para descifrarla.  Decido escribir sobre el efecto que esta obra tiene en mí y, cómo a pesar de mi edad creo que aun sigo siendo parte del género humano, tal vez alguien “ resuene” con impresiones similares.  

Sus formas curvilíneas simulan un dinamismo caótico pero controlado, donde el azar y la intuición se intercambian en el proceso de creación. Un lenguaje que invita a que cada uno “ lea” descifre su propio discurso. Encuentro placer en un juego que transcurre en círculos, ciertas veces concéntricos, o que se expanden en búsquedas fortuitas. 

 La línea es frágil, delgada, recurrente, como la vida misma. 

Existe un vínculo entre biografía y creación artística porque la obra no es independiente del que la produce, incluso puede dar cuenta de ciertos aspectos del artista mejor que él mismo. La obra como un territorio de transformación y deseo que revela aspectos que él mismo desconoce. El inconsciente está siempre presente en sus elecciones estéticas: insistencias, símbolos, espacios, color. 

Como curiosidad, hace un tiempo también pude comprobar que Beto es un artista delicado y un excelente cocinero desbordado. ¿Cocinar y pintar se parecen? Ambas transforman la materia, ambas utilizan los mismos verbos, combinar, unir, mezclar y ambas obtienen una obra final que genera una reacción esperada. Dalí aseguró que cocinar y pintar eran artes afines, así lo entendieron también Toulouse-Lautrec, Monet y Pollock que, cansado de chorrear lienzos, no paraba de ganar premios en los Hamptons con su famosa tarta de manzana. Hablando de esta última fruta, Beto vive, pinta y cocina en La Gran Manzana, la misma que hoy le infunde a sus trabajos una explosión de color antes contenida. 

La obra de Beto provoca, hace y contiene silencio, apela al mío y tal vez a lo que quiero callar. La obra impone un juego que acepto; es la impronta de una percepción, el recorrido de una línea limpia y compleja a la vez que marca el trayecto posible hacia el interior de cada uno.  La mano dibuja su propio deseo automático donde el placer de hacer firuletes, invade ocupando el espacio.  

Y recordemos que, algo que parece simple no significa que sea inocente.

Monica Poggio

IG: @monicconc

El artista

Beto De Volder nació en Buenos Aires en 1962 y egresó de la Escuela de Bellas Artes Manuel Belgrano en 1989. Desde comienzos de los años noventa desarrolla una extensa trayectoria artística, con exposiciones individuales en Argentina y el exterior. Entre ellas se destacan las realizadas en el Centro Cultural Recoleta (1993), Galería Palatina (2007 y 2009), Durban Segnini Gallery de Miami (2006 y 2012), Galería del Paseo en Perú y Uruguay, y Hutchinson Modern & Contemporary de Nueva York (2021 y 2024). Participó también en importantes exposiciones colectivas en instituciones como el MALBA, el Museo Nacional de Bellas Artes y el Blanton Museum of Art de Texas. Además, participó en el Premio Braque (1991 y 1994), el Premio República de Austria (1997), el Premio de Artes Visuales Fundación OSDE (2005 y 2006) y el Premio Fundación Federico Klemm (2008).

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